sábado, 9 de julio de 2016

Y dejad el balcón abierto.../ensayo

Federico García Lorca –aquí lo celebramos como uno de nuestros clásicos esenciales -y ese “nuestro” referencia a una lengua, que se hace también en latinoamérica, que presupone mestizaje cultural, (mezcla, además, de ideas y sentimientos) que excluye cualquier noción centralista y se compone como un tejido de diferencias- pensaba la poesía como algo que anda por las calles, que se mueve, que pasa a nuestro lado. Todas las cosas tienen su misterio –decía- y la poesía es el misterio que tienen todas las cosas. Por eso su teatro es poesía que se levanta del libro y se hace humana. Y al hacerse, habla y grita, llora y se desespera “el teatro necesita que los personajes que aparezcan en escena lleven un traje de poesía y al mismo tiempo que se les vean los huesos”. Así, con una precisión insuperable, queda desnuda su obra y, como pocas veces, ideas, praxis y biografía se ajustan con tanto vigor y claridad.
Claro que a Lorca no se lo honra solamente montando sus obras, todo su ideario se asocia a la gran tradición del mejor teatro de su patria. Siendo como era tan universal, él encarno como ningún otro dramaturgo de aquella inolvidable generación del 27 la idea y la práctica de “Teatro Nacional” que hoy sigue crispando tanto y a tantos humanistas abstractos.
Y en ese sentido es imposible no asociarlo a Miguel de Cervantes, cuya “Numancia” amó y a ese monstruo de la naturaleza, Lope de Vega, cuya “Fuenteovejuna”, se reparte con la gran épica del autor del Quijote, la más fidedigna representación del espíritu de un pueblo en resistencia. Al respecto es ejemplar, por el carácter participativo de los espectadores, el montaje que realizara el propio Federico con “La Barraca”, su compañía teatral ambulante, en la misma Villa en la que se sitúa la acción y en la que sucedió, en 1476, la rebelión de los campesinos que inspiró a Lope.
El teatro es algo muy serio…
Si el teatro está en decadencia, para volver a adquirir su fuerza debe volver al pueblo del que se ha apartado. Además, el teatro es cosa de poetas… Sin sentido trágico no hay teatro… y el pueblo sabe mucho de eso.
Raymond Willians, extraordinariamente perspicaz, ve rasgos únicos en el teatro tradicional español y advierte, por ejemplo, en “La Celestina” de Fernando de Rojas o en “Amar después de morir” de Calderón, un tesoro que Lorca, usará, tal como le corresponde, como herencia, lo que no le impedirá, colocarse, por su fuerza creadora y la originalidad de sus hallazgos, por adelante de muchas de las corrientes de la tradición dramática moderna.
A Federico, como a muchos artistas por estas geografías, se ha intentado limpiarlo de sus compromisos, de sus elecciones, de parte de su biografía. Convertido en ángel, en víctima estética, absuelto de su impureza, se nos lo devuelve en pura pandereta, en españolada sin España adentro.
Fte.A.Wainer/escritor 
lidia-la escriba      imagen prestada siempre
                                                            

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